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El desconfiar de los inmigrantes que miran tu móvil nuevo

El otro día, un comentario que hizo un muy buen amigo mío me causó bastante gracia. Como podréis adivinar, se compró un móvil nuevo (un smartphone de ésos) y estaba él en el tren de cercanías rumbo a Barcelona totalmente absorto y alucinado con su nuevo cachivache (me lo imagino perfectamente).

A éstas que, en algún momento que debió levantar la vista de su aparato, se sorprendió negativamente de tener sentados en frente a unos jóvenes (inmigrantes) de aspecto desaliñado y poco confiable. Me relató mi amigo que adoptó una postura de alerta y tensión inmediata, un estado de guardia, y que estaba preparado para liarse a dar mamporros precisos al que hiciera el mínimo ademán de provocarle. También me puedo imaginar perfectamente la cara que debió poner y su mirada.

Como dicen los cristianos, <que Dios nos coja confesados> si alguna vez nos topamos accidentalmente con alguien de este humor. O, por otro lado, que alguien proteja al pobre que iba enfadado si nos pilla a mí o a mi amigo con humor de perros.

Volviendo a la historia, no es que él simplemente desconfiara de esos muchachos sólo por su aspecto y procedencia, es que las miradas que lanzaban hacia su flamante móvil debieron hasta poner colorado al mismo aparato. Afortunadamente para todos, sobretodo para los chavales, la cosa no fue más lejos y cada uno continuó con su vida sin ninguna fractura ósea.

Esto me hace pensar, lectores, en lo rápido que desconfiamos de cualquiera cuando tenemos una nueva adquisición material. No digo que mi amigo no tuviera motivos para alertarse, hablo en términos generales. Yo mismo me he sorprendido alguna vez de la paranoia y sensación de “éste me va a robar, y ése y ése y…” cuando compré alguna pertenencia y estaba sobreprotegiéndola.

Así que, si lleváis móvil nuevo y ostentoso, andaos con ojo.

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El querer hacer siempre cosas y no hacer nunca nada

Se da el caso de que tengo una amiga. Hasta aquí, nada especial. Ésta amiga, pero, es de ese tipo de gente que siempre necesita de hacer cosas, y con cuanta más gente, mejor. No importa si la mitad de sus amigos no conoce a la otra mitad, o si una parte no soporta ver a la otra. Siempre hay que hacer lo que sea (cuanto más típico, mejor) porque estar solo no está hecho para estas personas. Supongo que al estar solas se aburren en extremo o se ponen tristes o vete a saber qué. Que conste que no es mi intención despreciar a mi amiga, pues la tengo en alta estima, tan sólo relato los hechos como son.

Resulta que estas últimas semanas, su afición de reunir a gente ha crecido considerablemente. Tal vez sea porque Semana Santa está a la vuelta de la esquina, o porque ha llegado ya la primavera. El caso es que lleva muchos días queriendo hacer algo y esta vez algo grande. Pero, como siempre ocurre, la mayor parte de los invitados se desdicen desde el principio, ahorrándose así el comprometerse y, por otra parte, nadie sabe qué hacer.

Se quiere hacer algo grande y emocionante, porque ya llegan las fiestas. Primero, a modo de preparación, mi amiga propuso de quedar los fines de semana para ir a cenar y luego a la discoteca. Pero, vaya tu qué cosas tiene la casualidad, que casi todo el mundo ya estaba comprometido con otras cenas más importantes, o resulta que se iban a pasar el fin de semana con la familia. Eso sí, para la próxima, podemos contar con ellos… Os podéis imaginar la desilusión de mi amiga y las ganas que se le deben estar acumulando de cara a Semana Santa.

Ahora que ya falta menos para la gran semana de fiesta, se están empezando a proponer otros planes. Alguien propuso de ir a un parque de atracciones y de pasar las noches en hotel. Pero claro, ahora, en estos tiempos de crisis, no está el bolsillo para estos gastos, así que idea descartada. Con esto también echamos a la papelera la idea de ir a la playa unos días, porque no hay para hoteles ni restaurantes. Como mucho nos podemos costear alguna comida y tal vez ir a pasar el día a la playa, o a algún sitio de montaña o quizás, a un parque de atracciones.

Así que mi pobre amiga está viendo sus planes destrozados. Otra vez. Por si fuera poco, yo seguramente me pase estas fiestas trabajando, por lo que no podré hacer lo que sea que acaben haciendo… Quizás esto también cause algo de pena a mi amiga, por que ya es otro menos que hará algo…

Lectores, sois libres de sentir lástima por mi pobre amiga, que sólo quiere divertirse con sus queridos amigos y hacer siempre cosas con ellos pero que, al final, no se reúnen ni la mitad de ellos y no se hace nunca nada.

El viajar en tren

Hallábame yo esta mañana cargado con mi guitarra y mis libros en el tren de cercanías de Barcelona, camino a la preciada escuela de música donde estudio. Decir cabe que ésto no tiene nada de especial, pues ya estoy acostumbrado a tal trayecto, mas hoy siento la necesidad de relatar el viaje.

Empezó todo igual que siempre, poca gente, algunos despiertos y otros, como yo, medio o enteramente dormidos. Al no saber qué hacer, a falta del iPod que estaba en casa, me puse a jugar con el móvil, cosa rara en mí. Una vez cansado de perder el tiempo con tal entretenimiento, decidí levantar la vista y, ¡Qué sorpresa! Absorto en mi mundo no me di cuenta de que el vagón se encontraba especialmente abarrotado, y de una concurrencia bien variopinta. Unas colegialas a mi izquierda casi gritando sobre películas de miedo; profesores y demás personajes con mirada perdida y demente en frente; y, a mi derecha, ancianos, más seres de mirada triste y deprimente y estudiantes universitarias con las que no me importaría tratar algún que otro asunto en privado.

En medio, pues, de tal muchedumbre iba yo mirando, como si tal cosa, el hermoso retrato de la variedad humana cual niño que ve llover por primera vez. Poco sabía yo que, a medida que el día avanzaba y el cielo se tapaba, una sorpresa para mis sentidos se preparaba. Tal fue la acumulación de individuos en ese desdichado vagón que, inevitablemente, mis oídos y mi nariz empezaron a entrar en estado de alerta. La mezcla de voces y llantos de bebés alcanzó niveles nada despreciables y, para colmo, un hedor se filtraba por mis fosas nasales, sin duda fruto de la poca higiene que se cuidan en mantener algunas personas.

Llegados a éste extremo, no pude sino desear romper el cristal de la ventana y saltar del vehículo cual caballo libre de atadura, mas el sentido común me detuvo ante tal locura. Tuve, pues, que esperar a que el tren se vaciara ya dentro de Barcelona para recuperar un estado menos oprimente y finalmente, ya en la estación de Sants pude salir a la calle y respirar aire fresco, que no limpio. Las caras tristes y amargadas de los viandantes se me presentaban como alegres y risueñas, pues yo sí estaba contento de salir del tumulto encerrado en el transporte de masas.

Así es, queridos lectores, un viaje tempranero en un tren de cercanías.

El reencuentro

Años ha que partimos

sin saber el porvenir

que nuestras vidas tendrían.

 

Años ha nos despedimos

sin saber cuánto llovería

y lo que nos tocaba por vivir.

 

Años ha, en fin,

que no te dije

lo que te tenía que decir.

 

Mas ahora, ¡Qué sorpresa!

¡Qué contento! ¡Qué emoción!

¡Nos hemos vuelto a ver!

 

Ahora, que todo di por perdido

y vagaba triste y sin sentido.

¡Menuda ironía, pues has aparecido!

 

 

Años ha que por pavor

no te dije

lo que ahora te voy a decir.