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El ser infiel

Hoy abordamos un tema delicado. Y no por el hecho en sí de engañar a tu pareja, sino por el profundo problema (o falta de conciencia y vergüenza) que arraiga dentro de la personalidad del infiel.

Éstos incautos individuos se aburren de su compañero/a de vida y, en vez de tratar de reencontrar la pasión o sentarse a hablar las cosas con sencillez y honestidad, eligen romper la promesa que hicieron cuando decidieron juntar sus caminos. Ahí queda bien claro qué tipo de “buena gente” son todos estos mentirosos.

Sinceramente, si alguna vez mi pareja me faltara la palabra de esta manera, no me molestaría demasiado: estaría triste unos días porque volvería a estar solo y tendría que volver a buscar a mi damisela. Pero ella sería la que lidiaría con el haber mentido y sus problemas internos que la llevaron a mentir. Yo me sentiría decepcionado, pero no enfadado.

Alguna gente considera que soy frío pero, ¿Qué sentido tiene que yo sufra por una cosa de la que no soy responsable? (estoy obviando que los que sufren el engaño son buenas personas que no se merecen ser engañados… la realidad suele ser diferente). ¿Acaso el hecho de que otra persona me haya mentido oscurece mi carácter y me degrada como humano? Todos sabemos la respuesta. Yo puedo quedarme tranquilo porqué he mantenido mi promesa y no he urdido ningún plan (maléfico) para gozar a costa de la ignorancia del otro. Vale que duele mucho perder a un ser querido pero, ¿No ha quedado claro que la otra persona no te quiere de verdad? Si ya no me quiere, pues se acabó, simplemente esa no es la persona con la que tengo que pasar el resto de mis días. No hay necesidad de enfadarse y armar un jaleo, así sólo conseguimos hacernos daño. Cada uno con su vida y que vaya muy bien.

Me gustaría analizar así muy por encima qué causas conducen a ser infiel y en definitiva, a mentir, pero prefiero dedicar un ensayo especial, que se lo ha ganado.  Estimados lectores, aquí os dejo por hoy.