El viajar en tren

Hallábame yo esta mañana cargado con mi guitarra y mis libros en el tren de cercanías de Barcelona, camino a la preciada escuela de música donde estudio. Decir cabe que ésto no tiene nada de especial, pues ya estoy acostumbrado a tal trayecto, mas hoy siento la necesidad de relatar el viaje.

Empezó todo igual que siempre, poca gente, algunos despiertos y otros, como yo, medio o enteramente dormidos. Al no saber qué hacer, a falta del iPod que estaba en casa, me puse a jugar con el móvil, cosa rara en mí. Una vez cansado de perder el tiempo con tal entretenimiento, decidí levantar la vista y, ¡Qué sorpresa! Absorto en mi mundo no me di cuenta de que el vagón se encontraba especialmente abarrotado, y de una concurrencia bien variopinta. Unas colegialas a mi izquierda casi gritando sobre películas de miedo; profesores y demás personajes con mirada perdida y demente en frente; y, a mi derecha, ancianos, más seres de mirada triste y deprimente y estudiantes universitarias con las que no me importaría tratar algún que otro asunto en privado.

En medio, pues, de tal muchedumbre iba yo mirando, como si tal cosa, el hermoso retrato de la variedad humana cual niño que ve llover por primera vez. Poco sabía yo que, a medida que el día avanzaba y el cielo se tapaba, una sorpresa para mis sentidos se preparaba. Tal fue la acumulación de individuos en ese desdichado vagón que, inevitablemente, mis oídos y mi nariz empezaron a entrar en estado de alerta. La mezcla de voces y llantos de bebés alcanzó niveles nada despreciables y, para colmo, un hedor se filtraba por mis fosas nasales, sin duda fruto de la poca higiene que se cuidan en mantener algunas personas.

Llegados a éste extremo, no pude sino desear romper el cristal de la ventana y saltar del vehículo cual caballo libre de atadura, mas el sentido común me detuvo ante tal locura. Tuve, pues, que esperar a que el tren se vaciara ya dentro de Barcelona para recuperar un estado menos oprimente y finalmente, ya en la estación de Sants pude salir a la calle y respirar aire fresco, que no limpio. Las caras tristes y amargadas de los viandantes se me presentaban como alegres y risueñas, pues yo sí estaba contento de salir del tumulto encerrado en el transporte de masas.

Así es, queridos lectores, un viaje tempranero en un tren de cercanías.

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Acerca de trazadoresdelanada

pinceladas de fantasía

Publicado el 29 marzo, 2011 en Relatos y etiquetado en , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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